El diagnóstico como palabra, no como identidad
La diferencia entre describir un malestar y reducir a alguien a una categoría
En el espacio terapéutico, el diagnóstico suele ser un tema sensible. Muchas veces llega como un alivio: por fin algo de lo que duele tiene un nombre, una explicación, un sentido. Otras veces, en cambio, aparece el miedo a quedar reducido a una etiqueta, a que ese diagnóstico diga quién soy y no simplemente qué me está pasando.
El diagnóstico es una herramienta clínica muy valiosa, pero nunca debería utilizarse como una definición de la persona. El diagnóstico nos orienta: nos ayuda a comprender patrones, a organizar la información, a elegir intervenciones que han demostrado ser eficaces. En ese sentido, funciona como una brújula en el proceso terapéutico y no como un destino.
El problema aparece cuando esa brújula se confunde con la identidad. Cuando el lenguaje empieza a girar en torno a “soy ansioso/a”, “soy depresivo/a”, “soy TOC”. Particularmente curioso me resulta escuchar este “soy TOC”, porque estas tres letras que significan trastorno obsesivo compulsivo nadie debería confundirlas con una identidad porque ninguna persona debería poder definirse siendo un trastorno, lo que si le puede pasar a alguien es estar atravesando o tener un trastorno. En casos así en los que alguien se identifica con su diagnóstico, el sufrimiento pasa a ocupar todo el espacio y la persona queda pegada a una categoría que, por definición, es parcial y contextual.
Me parece fundamental recordar —y transmitir— que un diagnóstico describe un conjunto de síntomas en un momento determinado de la vida. Habla de algo que le sucede a la persona, no de lo que la persona es. No alcanza a nombrar su historia, sus vínculos, sus recursos, sus deseos, ni su capacidad de transformación. Mucho menos su singularidad.
Parte del trabajo terapéutico consiste justamente en sostener esa distinción: usar el diagnóstico con responsabilidad clínica, pero ayudar a que no se transforme en una identidad rígida. Cuando la persona puede tomar distancia del rótulo, se abre un espacio más amable y flexible para mirar lo que le pasa, comprenderlo y trabajar sobre ello sin sentirse definida por el malestar.
Cuando el diagnóstico deja de vivirse como una sentencia y pasa a ser una referencia, puede convertirse en un punto de apoyo. Un punto de partida para el autoconocimiento, para el alivio, para el cambio. La terapia, entonces, no se centra solo en reducir síntomas, sino también en fortalecer recursos, ampliar la mirada sobre uno mismo y acompañar procesos de transformación más profundos y sostenibles.
Nombrar lo que pasa ayuda, siempre que no olvidemos a quién le pasa.
