Los propósitos y el nuevo año

La ansiedad por el nuevo año y la tristeza de los propósitos incumplidos

people sitting on chair with brown wooden table
people sitting on chair with brown wooden table

El comienzo de un nuevo año suele presentarse como una gran oportunidad de cambio y crecimiento. Frases como “borrón y cuenta nueva” o “año nuevo, vida nueva” circulan con fuerza y construyen la idea de un nuevo inicio cargado de posibilidades. Enero aparece simbólicamente como una puerta abierta a lo que podría ser distinto, mejor, más pleno.

El “lado B” del inicio de año queda muchas veces silenciado: la ansiedad, la frustración y la tristeza que emergen cuando las expectativas son demasiado altas o cuando el balance del año que terminó deja más pendientes que logros.

Enero y el peso de las expectativas

Enero simboliza expectativas: nuevos objetivos, decisiones importantes y la sensación de que “ahora sí” deberíamos hacerlo mejor. Por ejemplo, proponernos empezar una rutina de ejercicio estricta después de meses de quietud, cambiar radicalmente la alimentación, rendir todas las materias pendientes o ser más productivos en el trabajo desde el primer día hábil del año.

La idea de “aprovechar el año desde el primer hasta el último día” puede transformarse en una fuente de ansiedad. Aparece cuando sentimos culpa por no levantarnos temprano el 2 de enero, cuando abandonamos el gimnasio a la tercera semana o cuando una semana “improductiva” ya se vive como un fracaso. Esta lógica no deja espacio para los procesos, los tiempos personales ni los imprevistos cotidianos, como el cansancio, los problemas familiares o las dificultades emocionales.

A esta presión se suma, muchas veces, el peso del año que terminó. Metas que no se concretaron, decisiones que no se tomaron, cambios que quedaron a mitad de camino. No haber acabado aquel curso, no haber terminado una relación que generaba malestar o no haber cuidado la salud como se había planeado pueden ser cuestiones que nos persiguen y no nos dejan disfrutar de la vida. Lejos de ser un simple recuento racional, este balance puede despertar emociones difíciles: culpa, decepción, sensación de estancamiento o tristeza.

Objetivos desmesurados y autoexigencia

En muchos casos, los objetivos que nos proponemos no contemplan nuestras posibilidades reales ni el contexto en el que vivimos.

Estas metas suelen estar atravesadas por una fuerte autoexigencia y por comparaciones constantes con otros: personas que parecen cumplir sus objetivos, mostrar logros en redes sociales o “tener todo bajo control”. Esto refuerza la sensación de insuficiencia y alimenta la idea de que estamos fallando.

Resulta clave preguntarnos:

  • ¿Este objetivo nace de un deseo propio o de una expectativa externa?

  • ¿Es alcanzable en este momento de mi vida?

  • ¿Qué sucede conmigo cuando no lo cumplo?

Estas preguntas permiten apartarnos de una lógica de rendimiento permanente y acercarnos a una mirada más realista y compasiva con nosotros mismos.

Habilitar un comienzo más amable

Pensar el inicio de un nuevo año desde una perspectiva más saludable implica amigarse con la idea de que la perfección no existe. No se trata de renunciar a los objetivos, sino de plantearlos de manera más amable y compasiva, con la flexibilidad que cada uno necesita.

Algunos ejemplos de enfoques más amables pueden ser:

  • En lugar de “voy a cambiar completamente mi estilo de vida”, pensar “voy a incorporar un pequeño hábito a la vez”.

  • En lugar de “si no empiezo ahora, ya no sirve”, habilitar la idea de que se puede empezar cualquier día del año.

  • Reconocer avances pequeños, como haber pedido ayuda, haber puesto un límite o simplemente haber podido descansar cuando fue necesario.

  • Permitirse no avanzar todos los días, y aceptar que los días que nos parecen menos productivos o “malos” son también necesarios

El año no es una carrera contrarreloj ni una hoja en blanco que borra automáticamente lo vivido. Es una continuidad, con avances, retrocesos y aprendizajes. Aceptar esto puede aliviar la ansiedad y permitirnos construir un vínculo más amable con nosotros mismos y con nuestras expectativas.